¿Qué valor damos a las experiencias subjetivas?

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Nos han enseñado que la mente es el resultado de procesos químicos que suceden en nuestro organismo. No es más que el resultado de reacciones de moléculas, que dan como resultado ese algo al que llamamos mente.

Otros afirman que la mente no es solo eso. Creen que tras la mente está la conciencia. La conciencia es algo que ha existido siempre, que no tiene un inicio ni un fin. De hecho, ¿podría ser el universo resultado de la percepción de la conciencia?

Estas dos posturas tratan de dotar de sentido común a lo que vemos a nuestro alrededor.

Los primeros afirman que es muy rebuscado creer que los objetos que percibimos a nuestro alrededor, que se comportan mediante leyes físicas predecibles, sean resultado de ese algo abstracto que es la conciencia.

Los segundos afirman que es muy improbable que el azar esté detrás de la multitud de seres vivos conscientes y capaces de interpretar lo que perciben, cuando hubo un primer ser vivo más simple que una bacteria. ¿Puede el simple azar organizar a trillones de seres vivos para formar un ser vivo pluricelular con toda su increíble complejidad?

Entonces, después de esta pequeña introducción, ¿qué valor damos a las experiencias subjetivas?

Cualquier persona puede llegar a comprender que todas las experiencias son subjetivas, porque sin un alguien que experimente, nunca habría una experiencia. Así que no existen las experiencias objetivas, porque no puede existir una experiencia sin un experimentador. En el momento en que haya un experimentador, esa experiencia será subjetiva. Cada experimentador interpreta lo que percibe según sus creencias. Una experiencia no sería buena o mala en esencia, se basaría en la interpretación que se haga según el sistema de creencias.

Al intentar acariciar un perro (un gesto que se presupone bondadoso), algunos perros se acercarán y otros se apartarán. Para diferentes perros la experiencia será agradable o desagradable. Cuando un partido político gana unas elecciones, unos se alegran y otros se entristecen, igual que sucede con un partido de fútbol o baloncesto.

Como las experiencias son totalmente subjetivas, y cada persona que experimenta tiene las suyas propias, para la convivencia hemos de intentar crear un sistema que nos permita velar por las experiencias positivas del mayor número de personas que experimentan.

Esto es un sistema moral y la ética le dará forma. Crearemos leyes que traten de mantener nuestro sistema moral según lo que estipula la ética que hemos desarrollado.

La especie humana ha hecho esto desde el inicio de las sociedades, antes que aparecieran las primeras civilizaciones. El sistema moral se ha ido perfeccionando con el tiempo, por supuesto, ya que los más fuertes imponían sus propias normas según sus propios intereses. Ese grupo cuyos intereses prevalecían sobre los intereses del resto, es el círculo de consideración. En la antigüedad había esclavos porque no estaban incluidos en el círculo de consideración. Las mujeres nunca estuvieron dentro del círculo de consideración al nivel de los hombres. Con el paso del tiempo se fueron desarrollando diferentes círculos a diferentes niveles. Así, los individuos de raza blanca crearon su primer círculo de consideración en el que ellos estaban sobre el resto de razas (racismo). El hombre impuso su círculo sobre la mujer (seximo). Los de cierta religión sobre los de otra religión (discriminación por creencia religiosa), los humanos hicimos lo mismo sobre el resto de especies (especismo). Ser blanco, hombre y católico en Europa, suponía que tus intereses eran mayores que los de una mujer blanca y católica. Pero los intereses de esta mujer blanca y católica eran superiores a los de un hombre de otra raza y católico. Y así mismo los de este hombre de otra raza eran superiores a los de una mujer de su misma raza y creencia religiosa. Y los intereses de esta mujer de otra raza y católica serían superiores a los de un hombre de otra raza y creencia religiosa diferente. Y, siempre por debajo de todos ellos, se situaría un perro, un ratón, un geranio, una garrapata, etc…

Pero el avance social ha ido incluyendo en el círculo de consideración a los colectivos más discriminados, porque la sociedad entiende que estos individuos discriminados poseen el mismo derecho y no hay ningún motivo objetivo que justifique la discriminación de sus intereses y derechos. El racismo, seximo, y otras discriminaciones se están superando gracias al empuje social. Existe una tendencia hacia la ampliación del círculo de consideración.

¿Podemos explicarlo de otra manera? Sí. Esto significa que las experiencias subjetivas tienen un altísimo valor, un valor igual para todo aquel que pueda experimentar. Y, con el tiempo, tendemos a igualar el valor de las experiencias subjetivas de los colectivos discriminados con el de los colectivos favorecidos.

Es sólo cuestión de tiempo que las experiencias subjetivas de los animales tengan el mismo valor que las de la especie humana, sin importar el modo de experimentarlas. Porque no valoramos si la experiencia es de mayor o menor intensidad, solo si existen intereses en esos individuos discriminados.

Si analizamos la historia de la humanidad nos daremos cuenta de que existe una tendencia hacia la ampliación del círculo de consideración. Con todos los altibajos que puedan darse, incluso retrocesos parciales. Pero si nos remontamos a miles de años atrás y lo comparamos con la actualidad, la tendencia es positiva y ascendente.

Tras esta breve explicación llega la hora de ir sacando conclusiones. He presentado dos versiones que interpretan el mundo y la vida de maneras opuestas. Y pregunto ¿Cuál de las dos versiones encaja mejor con el desarrollo moral de la sociedad?

Si el azar está detrás de la aparición de la vida, ¿tiene algún sentido la moral? ¿Tiene algún sentido la empatía y la compasión? ¿También son puro azar? Si todo es azar, ¿cuánto valen las experiencias subjetivas? Mejor dicho: Si todo es azar, ¿Por qué existe una tendencia creciente a dar valor a las experiencias subjetivas?

Es muy, muy difícil que el azar sea la respuesta respuesta a la aparición y desarrollo de la vida. , Tampoco es sencillo simplificar afirmando que la selección natural eliminó a los que no se comportaban según la tendencia moral y, como no dejaron descendencia, ese comportamiento desapareció. No es tan sencillo.  Pero es aún más complicado que el azar sea la respuesta también al desarrollo moral y a la tendencia de colectivización de seres vivos con diferente nivel de complejidad. Los humanos nos hemos colectivizado. Las abejas lo hacen. Los lobos. Las hormigas. Pero las células también lo hacen. Bacterias, plantas, etc… En prácticamente todo el espectro de la biodiversidad encontraremos ejemplos de colectivizaciones y sinergias entre seres vivos.

¿Qué significa colectivizarse? Pasar de un comportamiento de competencia a uno de asociación, incluso cooperación. Más aún, implica el nacimiento de unas reglas de comportamiento dentro de dichos colectivos. Reglas morales que velan por los intereses de los individuos y del conjunto (Este tema lo trataré en profundidad en muchos artículos, pues es uno de los más fascinantes y complejos).

Pero si, por el contrario, fijándonos en la segunda postura, la conciencia está detrás de la vida, ¿tiene algún sentido la moral? Sí, lo tiene. Porque un mayor desarrollo moral es el reconocimiento del valor de las experiencias subjetivas. Reconocemos el valor absoluto de nuestra experiencia subjetiva, y lo reconocemos en otros. Por eso sentimos empatía. Por eso nos preocupa que sean respetados los intereses de cada ser que pueda experimentar.

Si la conciencia está detrás de la vida, sería la esencia que nos permite experimentar. Esta postura encaja muy, muy bien con la tendencia a la colectivización y el desarrollo moral.

No podemos vivir en una sociedad que ha basado su desarrollo en el valor de las experiencias subjetivas, e intentar comprender el mundo y la realidad sin tenerlo en cuenta, como si no existiera esta tendencia. Reconocer la tendencia y ponerla sobre la mesa debería ayudarnos a saber en qué dirección debemos buscar la verdad.

Sobre el autor

Alberto Terrer

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