La Intervención en la naturaleza

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¿Cómo sería el mundo de los humanos sin intervención?

Imaginemos que desaparece, por arte de magia, los efectos de la intervención en nuestras sociedades, y aparecemos en un escenario bien distinto al que estamos acostumbrados. Sin ciudades, sin pueblos, sin asfalto, rodeados de bosques interminables y agazapados en el interior de profundas cuevas para encontrar una protección contra las inclemencias.

Con probabilidad, la esperanza de vida no superaría los 30 años y veríamos morir a todos a nuestro alrededor, víctimas de enfermedades, de depredadores o de enfrentamientos con otros pequeños grupos nómadas como el nuestro. Cada día deberíamos buscar el alimento para no morir de inanición, tanto en el caluroso verano como en el invierno más frío. Y nuestro cansancio, nuestros huesos desgastados de tanto caminar diariamente, las lesiones, que deberían curar por sí mismas, harían mella en nuestro ánimo. Pero habría que salir a recolectar frutos de los árboles, porque sin comida la muerte estaría asegurada. Y sin alejarnos de las fuentes de agua.

El resto del tiempo lo dedicaríamos a descansar, a escondernos de los peligros y buscar nuevas cuevas seguras donde dormir.

No habría teléfonos, obviamente. Ni ordenadores. No habría gobiernos. No habría policía. No habría carreteras. No habría casas. No habría hospitales. No habría escuelas. No habría automóviles. No habría ropa. No habría música. No habría un lenguaje complejo y rico. No habría jubilación. No habría grifos de los que saliera agua. No habría enchufes donde conectar un electrodoméstico. No habría cocinas ni restaurantes. No existiría el mundo tal y como lo conocemos.

La naturaleza es un lugar hostil. En realidad, la naturaleza no es nada de lo que acude a nuestra mente cuando escuchamos esa palabra. La naturaleza no es libertad ni vida. Más bien es la esclavitud de intentar sobrevivir a cada instante, y más que vida es muerte. Solo un pequeñísimo porcentaje de todos los seres vivos que nacen llegan a alcanzar la edad adulta. Mueren por enfermedades, solos y doloridos en oscuras madrigueras. O mueren depredados al no poder huir.

La naturaleza no es bondadosa, todo lo contrario. En la naturaleza, si pudiéramos enfocar con un poderoso zoom cualquier región de un remoto bosque, seríamos testigos de la muerte y depredación de miles de animales. De las maneras más terribles y crueles. Un saltamontes devorado por un pajarillo. Una mosca devorada por una araña. Esa araña devorada por una lagartija. La lagartija devorada por un ratón. El ratón devorado por un zorro. El zorro devorado por un lobo. El lobo agonizando y hambriento días después. Veríamos bebés de todas las especies que, llenos de dolor, agonizarían ante la impotencia de madres incapaces de ayudarles.

Desde una perspectiva amplia podría parecer un entorno mágico y lleno de paz. Pero es el entorno más hostil y belicoso que puede existir. El entorno sin intervención. ¿Nos gustaría que ese punto del bosque al que habíamos enfocado estuviera intervenido? Mucha gente piensa que no, que eso sería un sacrilegio. La naturaleza se equilibra y es sabia. La naturaleza es perfecta. No podemos jugar a ser dioses.

En primer lugar, la naturaleza no se equilibra, y mucho menos es sabia. Es obvio que, si mueren los animales herbívoros por el ataque de depredadores, los vegetales vivirán una época de expansión. Y al haber más alimento para los herbívoros, volverán a aumentar en número hasta que se hayan comido casi todas esas plantas. Por supuesto, la población de depredadores aumentará porque habrá más presas. Y, de nuevo, cuando deje de haber vegetales morirán los herbívoros, y morirán de hambre los depredadores. No hay ningún tipo de equilibrio, son las consecuencias lógicas a nuevas circunstancias. Para haber un equilibrio debería haber una mente externa que regulase con sus decisiones el número de individuos de cada clase para alcanzar el equilibrio. No es el caso. La “autorregulación” de las poblaciones no es más que la consecuencia lógica a la escasez y superávit de recursos, lo que afecta a las especies que los depredan. Las plantas afectan a los herbívoros y viceversa. Y estos a los depredadores, y viceversa. AL no haber una mente que tome decisiones, ni es sabia ni deja de serlo.

La naturaleza no es perfecta. En realidad, no es nada. La naturaleza es lo que sucede sin intervención externa, nada más. Y es lo más imperfecto del mundo. No garantiza el bienestar de nadie, más bien todo lo contrario. El sufrimiento está garantizado como modo de vida.

¿Intervenir supone jugar a ser dioses? Nunca he entendido muy bien este argumento porque, como expondré a continuación, aborrecer la intervención en la naturaleza es muy,  muy contradictorio.

¿Los humanos renunciaríamos a nuestro avance social por vivir sometidos a eso que llamamos naturaleza? ¿Renunciaríamos a la intervención para vivir en medio de los bosques y las junglas cada día de nuestra vida, sin vacaciones, sin días libres, sabiendo que cualquier día temprano podríamos morir sin que nadie pudiera ayudarnos?

La respuesta mayoritaria es que no. Nadie podría renunciar a los privilegios de nuestro avance social para retroceder miles de años y sufrir la escasez y el miedo en su propia piel. Sin embargo, no nos importa condenar al resto de especies a un mundo sin intervención. La naturaleza es hermosa, pero aplicada a los demás. Nosotros podemos seguir habitando el entorno más intervenido que se ha creado, y de vez en cuando haremos viajes intervenidos a los bosques para pasear por ellos. Siendo ajenos que, tras esa aparente belleza, se esconde un terrible mundo de sufrimiento constante. Cualquier lugar hermoso del mundo cambia cuando se amplía el zoom en él, tal como la obra de arte más hermosa cambia cuando se amplía al nivel de las estructuras moleculares.

Si creemos que la intervención es lo mejor para nosotros, ¿por qué no extender este modelo al resto de especies? Si creemos que las experiencias subjetivas poseen un valor, ¿por qué no nos parece importante garantizar que estas experiencias subjetivas sean positivas en individuos de otras especies?

He escuchado decir que, si los individuos de una especie no son capaces de generar para sí mismos ese entorno intervenido, no deberían ser beneficiarios de él. Pero no conozco a ningún humano que sea capaz de generar un entorno intervenido para sí mismo, salvo que cuente con la herencia de un entorno ya creado y la cooperación del resto de individuos de la especie. A parte de esto, extendemos esa intervención para colectivos que no podrían crear ese entorno para sí mismos. Como los niños. Como ancianos. Como personas con cierta discapacidad intelectual. Como animales domésticos (perros, gatos, etc…).

La intervención más sencilla se basa en intervenir para satisfacerlas necesidades básicas y evitar los comportamientos de individuos que atenten contra los intereses de otros individuos del colectivo. La intervención algo más compleja genera una red de cooperación y especialización donde se crean modelos de comportamiento colectivos que potencian el bienestar del conjunto. Pero podemos ir más allá, intentando afectar a las experiencias subjetivas, para que abunden las que proporcionen bienestar y evitar aquellas que generen sufrimiento.

Llegados a este punto, haciendo el zoom sobre un bosque nevado, apuntando directamente la madriguera de una madre coneja, asomada al exterior con sus pequeños gazapos dando sus primeros pasos sobre la nieve. De pronto aparece un zorro y salta directamente sobre ellos. Está a punto de atrapar a uno de ellos, el más débil de todos… ¿Seríamos capaces de intervenir para salvar al conejo?

La experiencia subjetiva del gazapo, si lo salvamos, no sería negativa. Podría disfrutar de nuevo de la compañía de su madre y sus hermanos. Seguiría descubriendo el mundo junto a ellos, sin  miedo a ser devorado.

¿Y la experiencia subjetiva del zorro? Al no haber cazado, no tendría alimento que llevar a sus zorritos en su madriguera. ¿Seríamos capaces de intervenir para alimentarlos sin que tenga que morir un gazapo? Podríamos proporcionarle un alimento, por supuesto.

Y si salvamos a depredadores y presas para velar por sus experiencias subjetivas, ¿no habría superpoblación de unos a otros llegando a afectar a individuos de otras especies? La pregunta no es si eso sucedería. Si no, ¿seríamos capaces de intervenir para evitar la superpoblación? Pero acabar con la vida de unos individuos a los que debemos proteger y velar por sus experiencias subjetivas y sus intereses no está alineado con los principios de la intervención. No lo haríamos con humanos, ¿por qué aplicarlo con otras especies?

De nuevo, la pregunta es ¿seríamos capaces de intervenir para evitar la superpoblación, sin provocar experiencias subjetivas negativas? Podríamos esterilizar a la mayor parte de los individuos, por supuesto, evitando la superpoblación y las experiencias subjetivas negativas.

Al aplicar la intervención, cada problema al que nos enfrentemos debe resolverse teniendo en cuenta los intereses y las experiencias subjetivas de los individuos afectados. No es tan difícil, basta con imaginar que, en vez de conejos y zorros se trata de humanos. Lo mismo que aplicaríamos en un caso debe aplicarse al otro. Somos capaces de invertir grandes recursos en cuidar un enfermo de nuestra especie, para proteger sus experiencias subjetivas. Ya hacemos cosas muy, muy ilógicas porque creemos que es nuestro deber. Porque creemos en un mundo donde los intereses de todos deben ser tenidos en cuenta.

Si valoramos una experiencia subjetiva, nuestro deber es velar porque predominen las positivas en lugar de las negativas. La intervención es necesaria para lograrlo.

Sobre el autor

Alberto Terrer

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