¿Tiene las experiencias subjetivas algún tipo de valor?

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Tenemos la creencia de que hacer sufrir a otro individuo es un comportamiento indeseable. Aplicando la simple lógica de la empatía, es fácil comprender que, si para mí es indeseable sufrir, también lo es para cualquier otro.

Pero por otra parte no puedo compartir el sufrimiento ajeno, solo el mío. Estamos diseñados para poder experimentar experiencias totalmente subjetivas, así que, ¿por qué debería importarme cómo se siente cualquier otro individuo? Yo nunca compartiré su dolor, solo podré imaginar cómo lo sufre, pero será un producto de mi imaginación. Cuando cualquier otra persona sufra o sea feliz, eso no supondrá un cambio en mi experiencia subjetiva, salvo consecuencias colaterales. Si a mi alrededor todos son felices, la probabilidad de que afecte positivamente a mi carácter es muy alta. Pero eso no asigna valor a la experiencia subjetiva de otros individuos, ya que priorizo mi propio bienestar. Me conviene que todos sean felices para serlo yo también.

¿Realmente podemos asignar un valor a las experiencias subjetivas de los demás? Desde una visión científica, probablemente, no tiene ningún sentido. Desde una perspectiva filosófica, dependería del criterio que aplicásemos para valorarlas.

El problema es que, moralmente, podemos aplicar un criterio y el criterio opuesto. Podemos ser antropocentristas, porque no resulta demasiado complicado justificar la superioridad humana frente al resto de especies. De hecho, así ha sido (y sigue siendo) desde la creación de las sociedades humanas.

Podemos ser sensocentristas, y tomar como valor de referencia si se posee, o no, sistema nervioso central. Si un ser vivo siente, tal como nosotros sentimos, entonces sí que posee valor la experiencia subjetiva.

O podemos ser biocentristas, aceptando que la experiencia subjetiva es propia de cualquier ser vivo que posea una identidad (algo que ya he explicado en anteriores artículos). De esta manera cualquier experiencia subjetiva, haya sistema nervioso central, o no, debería tenerse en cuenta.

Pero esta gradación en el sistema de referencia de valores de la experiencia subjetiva constituye, por sí mismo, una incoherencia. Si se puede justificar cualquier modelo es que, o bien ninguno es válido, o bien solo uno lo es, estando todos los demás incluidos en ese único válido.

El biocentrismo no puede ser desdeñado a la ligera, puesto que contiene en sí mismo el antropocentrismo y el sensocentrismo. Pero va más allá, sin invalidar esos dos sistemas. Simplemente amplía el círculo de consideración con un criterio mucho más inclusivo. Para asignar valor a la experiencia subjetiva no establecemos como criterio si puede razonar, como el antropocentrismo. Ni si puede sentir emociones (más bien sería expresar las emociones), como el sensocentrismo. El criterio de referencia sería el hecho de experimentar de manera subjetiva.

¿Pero cómo se puede justificar cualquier modelo de forma válida? El problema radica en que no se puede justificar un modelo u otro si no hay una intencionalidad detrás. La simple evolución de la vida, desposeída de esa intención, no nos permite establecer un criterio absoluto, porque el desarrollo de ciertas capacidades no responde a un interés previo, si no al simple azar. Si el azar se halla detrás de la capacidad de sentir y de razonar, ¿qué criterio objetivo podemos establecer para justificar su valor? Está claro que los humanos establecerán la capacidad de razonar como criterio válido. No vamos a establecer un criterio que nos excluya, como la capacidad de realizar la fotosíntesis. Se presupone que nuestro sufrimiento, al poseer la consciencia, es mayor que el de otros seres. Pero la gradación de la intensidad del sufrimiento no debería justificar el criterio. Si otro ser vivo sufre con más intensidad ¿lo situaremos por encima de nosotros?

Asumir la no intencionalidad de la vida conlleva aceptar que la vida es algo fortuito. Si es algo fortuito, no posee valor en sí mismo. Asignar valor a cualidades de los seres vivos sería algo totalmente arbitrario, carente de toda lógica objetiva. De hecho, así se manifiesta. Cada grupo decide qué experiencias subjetivas protege, excluyendo a humanos de otras razas, de otro sexo o de otra creencia religiosa. A animales de unas especies. A animales de otras especies. A cierto tipo de vegetación. Según el momento y el lugar esto puede variar enormemente.

¿Y si hubiera una intencionalidad en la vida? Si la simple existencia fuera resultado de la percepción de los seres vivos. Si el universo se crease conforme se percibe, y no fuera la vida una creación espontánea dentro de un universo inerte, si no el universo inerte una creación espontánea dentro de una mente central. Si cada manifestación de la identidad fuera, en esencia, la misma, heredando los mismos atributos de individualidad y voluntad. Si hubiera una intencionalidad causal… ¿Qué criterio aplicaríamos para valorar las experiencias subjetivas?

Sin duda alguna, el biocentrismo. La importancia no la tendría el tipo de experiencia subjetiva, si no el hecho de experimentar de manera subjetiva.

Sobre el autor

Alberto Terrer

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